Anécdotas de nuestro Albergue.

 

Diciembre de 1956, el boletín divulgador editado por la Sociedad Sierra Nevada publicaba un curioso texto de uno de sus socios, Moreno Davila, titulado:

El Albergue.

Que nuestra Sierra está “mal de albergues” es cosa que suele decir, en tono de amarga lamentación cualquier montañero de los que la visitan. Me corresponde decir ahora, en este artículo que yo la he conocido peor. Cuando yo comencé a subir por sus laderas, hace ya bastantes años, los albergues de Obras Públicas no estaban acondicionados, aunque enseguida lo estuvo el más pequeño de ellos. El Albergue Universitario estaba en construcción. Y no existía otro cobijo posible para las excursiones de más de una jornada que el Albergue “ Sierra Nevada” o sea el que comúnmente llamábamos “de la Sociedad”.

Aunque los primeros pasos dados en la Sierra por el montañismo granadino pecaron de improvisados y faltos de experiencia y estudio, el albergue “de la Sociedad” tenía no pocas excelencias, junto a algunos inconvenientes. Estuvo durante mucho tiempo dotado de guarda permanente: “Frasquito”, lo que permitía tener en él algún menaje y una regular provisión de piornos y carbón, este último para una gran estufa de hierro. Los antiguos montañeros recordarán muy bien su disposición. El albergue estaba integrado por dos grandes habitaciones circulares, rematadas por una redonda cúpula y unidas entre sí por un cuerpo central del edificio de carácter rectangular, por el que tenía su puerta el albergue. Últimamente tenía alguna pequeña habitación dotada de literas. Cuando no se hospedaba en él mucha gente lo normal era dormir alrededor de la estufa de carbón. (…).

El Albergue, por la fecha de su construcción carecía de las muchas cosas que hoy suelen tener en cuenta a efectos de aislamiento, conservación de la temperatura interior, etc. Recuerdo que en una ocasión estuve en él tres días con otros amigos, nos cocinamos nosotros y pasadas dos o tres jornadas nos marchamos, cerrando cuidadosamente para regresar unos quince días después. No había allí guarda por aquel entonces y nos encontramos las cosas tal y como las habíamos dejado. Bastó poner la sartén a la estufa, para que viésemos brillar el aceite en ella.

  • ¿ De donde ha salido este aceite, preguntó uno – si no le hemos echado una gota y la sartén estaba colgada de un clavo?
  • Es que el aceite había quedado helado en la satén. Por ello puede colegirse cual era la temperatura (…)

Recuerdo que otra noche decidimos cuatro expedicionarios dormir en la habitación de las literas, que por su menor tamaño parecía ofrecer más facilidades de lograr una temperatura menos cruda. Al “vestirnos” para acostarnos uno creyó oportuno además echar alcohol en un plato y quemarlo. La cosa no estuvo mal y le instamos a que lo repitiera y así lo hizo hasta que terminó el contenido del recipiente. Cuando nos despertamos por la mañana y nos vimos las caras no pudimos dejar de lanzar un grito de asombro. Estábamos todos negros; la cara, las manos…! Nuestro compañero, al tantear su morral casi en tinieblas, con la ayuda de la linterna, en vez de alcohol había quemado gasolina y el mucho humo que la gasolina produce, nos había ennegrecido. En cuanto al olfato, sabido es que el frío amortigua todas las impresiones sensoriales.

 

Sin embrago, aquello era –repitámoslo- un palacio para nosotros. No solo en los tiempos en que el ambiente no era crudo, sino en pleno invierno, cuando Frasquito se iba a Güejar y había que llevar la llave desde Granada. El emplazamiento del albergue resultaba que ni buscado con candil, en la parte más baja de unas magníficas pistas de nieve, que permitían llevar a cabo el esfuerzo de la ascensión en la primera parte de la jornada y llegarse al final al acogimiento de sus muros. En aquellos tiempos se subía mucho a pie a la Sierra y desde el albergue, por el valle del Genil no resultaba demasiado pesado el camino hasta el tranvía, con la ventaja de que el nivel de la nieve solía estar igualado casi todo el invierno con el albergue.

Este fue víctima de la guerra (…)

Hoy entre dos tramos del futuro telequino o cable aéreo, la posibilidad de utilizar el último tramo del recorrido para subir a los peñones y descender esquiando presta un valor singular a este viejo albergue, cuya reconstrucción debe ser una de las aspiraciones del montañismo granadino, apenas se logre la del cable aéreo que ahora parece ir por buen camino.

 

MORENO DAVILA

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